Arielle miró con disgusto la fachada de la escuela Saint-Charles, clasificada como monumento histórico. Hubiera preferido mil veces una deteriorada secundaria pública de las últimas décadas del siglo XX a esta casona del siglo XVIII. Sus motivos no tenían nada que ver con la estética; simplemente, Arielle no quería vivir en un internado.
-¡Y el jardín! ¡Fabuloso, realmente fabuloso! Se ve incluso mejor que en el folleto, ¿No te parece? Esos arboles deben tener por lo menos cien años; son majestuosos. ¡Ya te imagino recorriendo a caballo estos paisajes de ensueño!
Acumulaba los superlativos como un vendedor de autos usados. Sonaba falsa.
-¡Esa calzada arbolada es realmente increíble! ¡Ay!, y también hay rosas. ¡Es una maravilla! Me deja sin palabras.
Arielle, en cambio, sí tenía algunas palabras en mente. Pero se las guardaba para sí misma, pues había decidido encerrarse en un silencio hostil.
-¿Cuándo vas a dejar de poner mala cara? – Acabo diciendo su madre-. ¿Sabes lo que costara enviarte aquí?
¡Vaya que si lo sabía! Todo el tiempo se lo estaban repitiendo. El dinero, siempre el dinero … como coartada, como excusa, como justificación. Nosotros pagamos, así que no hay nada que reprocharnos.
-Yo no pedí nada- Explotó Arielle
De inmediato se arrepintió de haber hablado. Más le habría valido quedarse callada.
-No vamos a discutir eso otra vez- respondió su madre.
-¿Y por qué no? Todavía podemos buscar otra solución.
-¡Claro que no! En primer lugar, ya pagamos y no hay devoluciones. Además tendríamos que haberte inscrito en el liceo francés de Sao Paulo desde hace meses. Y de cualquier modo ésa no habría sido la solución. Es imposible que vivas sola en esa ciudad.
-¡Podrían haberme llevado con ustedes; para eso están los cursos por correspondencia!
-¡Imagínate! No creo que el correo amazónico sea muy eficiente que digamos… Incluso tengo mis dudas de que exista… No. La selva virgen no es lugar para una jovencita. Incluso para mi va a ser difícil. Y sólo es un año, no es tragedia. Ya verás qué bien vas a estar en este internado. Además podrás ir a casa de tu abuela.
-¡Vive lejísimos! Así que los fines de semana serán imposibles.
-Precisamente por eso te inscribimos aquí. Porque las alumnas pueden quedarse toda la semana. Hay muchas actividades previstas para ellas. Ya verás que te vas a divertir como loca… en cuanto nos marchemos. ¡Ah! Creo que la administración está a la izquierda.
Una imponente escalera de piedra partía de la sala de entrada. Algunos tapices algo raídos adornaban las paredes. Arielle y su madre apenas acababan de tocar la puerta cuando ésta se abrió.
Una mujer de unos cincuenta años las miró de arriba abajo sin sonreír.
-¿La señora Lefranc? – dijo -. Soy Mahaut de Saint-Charles. Hablé con usted por teléfono.
-Ah, si, si- balbuceó la señora Lefranc, intimidada por la frialdad de aquella dama-. Ésta es mi hija Arielle.
- Entre por favor. Siéntese.
Arielle sintió que su madre la empujaba por la espalda.
Tuvo ganas de salir huyendo. La señora De Saint- Charles ya se había sentado frente su enorme escritorio de roble macizo y consultaba sus expedientes.
-Ah, aquí está… Veo que los gastos de inscripción ya están pagados. Sólo nos falta aclarar unos cuantos detalles. Las muchachas deben llevar el uniforme durante la semana. Aquí tiene la dirección de nuestro proveedor. Se recomienda que encargue tres uniformes para un año. Y aparte, desde luego, está el traje de equitación, y el uniforme para deportes… puede conseguirlos en el mismo lugar. Así es más sencillo, porque es absolutamente indispensable que todos los uniformes lleven cosido el escudo de la escuela…
-Y… aproximadamente ¿Cuánto costará?- preguntó la señora Lefranc.
Mahaut de Saint-Charles arqueó una ceja. Los distinguidos padres de sus internas nunca abordaban directamente las cuestiones de dinero. Desde el principio notó que la madre no tenía clase. Plebeyos que quieren darse aires de grandeza. Desde luego que la señora De Saint-Charles nunca se rebajaría a utilizar esa expresión. Sin embargo seguía pensándolo. Si no se hubiera dado de baja dos niñas de tercero, se había dado el gusto de rechazar a Arielle. Y aunque odiara calcular en esos términos, necesitaba a esta alumna para reponerlas.
-Pues, unos mil euros- respondió ella-. No mucho más que eso… Le aconsejo que los encargue lo más pronto posible, si no los uniformes no estarán listos para el inicio del curso.
Arielle apretó los dientes. ¡Mil euros! Con eso podría pagar el avión a Río de Janeiro.
-La señora Lefranc deberá presentarse el 2 de septiembre a las ocho en punto, con sus maletas – prosiguió la señora De Saint-Charles-. La invito, señorita, a leer cuidadosamente el folleto sobre el funcionamiento de la escuela y su reglamento.
Ella se limitó a sonreír.
-Estoy segura de que todo estará muy bien.
Arielle estaba pensando cómo fugarse. Tal vez podría romper su alcancía. Tomas un tren al azar… ¡Si al menos su abuela no viviera en una cabaña perdida en la cima de una montaña! Hizo un último intento con su padre.
-¡Podría muy bien vivir con mi abuela y tomar cursos por correspondencia!
-Te va a encantar el internado- respondió el señor Lefranc -. Yo sé lo que te digo. Los años que pasé en el internado son los mejores de mi vida. Son fantásticos, te lo aseguro. Será una experiencia magnífica. Te volverás responsable e independiente. Aprenderás a compartir y ser solidaria. Como hija única, necesitas experimentar todas estas cosas. Y te prometemos firmemente que el próximo verano vendrás a Brasil y pasaremos unas vacaciones de ensueños.
Con la calculadora en la mano, la señora Lefranc seguía la conversación sin poner mucha atención. Los uniformes habían costado mil cinco euros. Todo por unas faldas plisadas, unas blusas y unas prendas de abrigo. Bueno, desde luego, con el magnífico escudo de la escuela Saint-Charles…
Ya habían gastado demasiado dinero. Demasiado. Desde que su padre había firmado el contrato para Brasil, todos estaban eufóricos: ganaría el doble, con todos los gastos pagados y promesas de ascenso… pero ahora la señora Lefranc empezaba a angustiarse. Le tenía miedo a la selva, a separarse de Arielle, al hastío… de buena gana se quedaría con su hija. Aunque eso ya no parecía posible.
-Deja de mortificarnos- dijo bruscamente la señora Lefranc-. Te irás al internado y punto.
Arielle cruzó los brazos y volvió a poner mala cara.
La casona sólo albergaba a las internas de cuarto y tercero. A las alumnas más jóvenes se las enviaba a otro edificio a unos kilómetros de allí. Mahaut de Saint- Charles observaba el vaivén de los autos lujosos en la calzada del jardín. “Las jovencitas”, como las llamaba, estaban llegando.
Puso mala cara al ver el atuendo de Lionne Croix d’Abbans. Una playera ajustada y escotada (tenía un busto bárbaro para sus catorce años…), minifalda que apenas cubría lo necesario y tacones de aguja. No se corregía con la edad de la muchachita. La señora De Saint-Charles pensó satisfecha que muy pronto la señorita provocación ya estaría vestida con el uniforme azul marino. No pudo reprimir un gruñido al divisar un auto de poca categoría en su territorio. Era como una mancha en medio del desfile de los Mercedes Benz y los Rolls Royce.
La señora De Saint-Charles sólo tenía dos criterios para juzgar a las personas: Su cuenta de banco y sus modales. No era racista ni antisemita y por eso recibía con los brazos abiertos a las chicas judías y extranjeras. Estas últimas casi nunca permanecían más de dos años seguidos. Por lo general eran hijas de diplomáticos y estaban de paso. Excepcionalmente, tres de las alumnas del año anterior habían regresado. Jordana Mouradian, la libanesa; Saskia Zapolya, una húngara, y Pearl Shattuck, una estadunidense de origen incierto. En cuanto a las judías, todas seguían en la secundaría.
Mmm… Harmonie du Quesnois no había adelgazado durante el verano. Seguía igual de gorda, incluso más. La señora De Saint-Charles apartó la vista de la ventana al ver a la señora Lefranc dar un beso a su hija, con los ojos inundados de lágrimas. Cómo le faltaba clase.
-Mamá, mamá, no quiero… - lloriqueó Arielle-. Te lo ruego…
-Por favor, Arielle, no hagas las cosas más difíciles.
La señora Lefranc se alejó y se secó la mejilla.
-Te quiero mucho, hija. Todo va a salir bien… todo va a salir muy bien…
¿A quién de las dos quería tranquilizar? Se precipitó hacia su Renault 5 e hizo un gesto de despedida, le envió besos y se marchó antes de cambiar de opinión. Arielle seguía el auto rojo con la mirada, desamparada. Se sobresaltó cuando una muchacha de cabello corto se paró justo frente de ella.
-Veamos- dijo la desconocida-. ¿Eres una Aristo?
-¿Cómo? No.
-¿Judía?
-¿Qué? Oye, eso no te importa.
-Te equivocas. Hay que saber de inmediato en qué clan te van a colocar.
Arielle sacudió la cabeza para indicar que no entendía nada.
-Si no eres Aristo, sólo quedan dos posibilidades: el clan de las Advenedizas o la casta de las Intocables.
Arielle olfateó el peligro. Eso de las Intocables seguramente no era nada bueno.
-Olvídalo, Feo- dijo una voz- ¡Llegó en un Renault 5!
Arielle se volvió bruscamente. Inmediatamente sintió odio por esa muchacha arrogante de ojos juntos y demasiado bajita para su edad. Con la mayor naturalidad que pudo, dijo su primera mentira.
-Ah, esa chatarra… mi padre no quiere que mi madre conduzca el Jaguar desde que tuvo un accidente.
-¿Tú como te llamas? Yo soy Feodora Monestiers. Y ella es Océane Beauvoisin.
-Arielle. Lefranc.
-¿Arielle no es un nombre judío? – Preguntó Océane.
-Lo confundes con Uriel –respondió Arielle secamente.
- ¿A que se dedica tu papá?
-Tiene una compañía muy grande. Construye prensas en todo el mundo. Era vez ira a Brasil. Una enorme obra en medio de la selva amazónica.
En realidad el señor Lefranc no era más que uno de los ingenieros y ni siquiera el jefe del equipo. ¡Pero era difícil que Océane lo descubriera algún día!
-Bueno- aprobó Feodora-. Mira, parece que Adelaida terminó de sondear a la otra nueva.
La tal Adelaida intercambiaba impresiones con una encantadora joven de tez morena y enseguida se alejó de ella con el rostro contraído.
-Italiana- anunció mientras se acercaba a ella.
-¡Qué lástima! – Comentó Feodora-. Es muy bonita.
Arielle comprendió que desde ese momento la italiana había quedado etiquetada como “Intocable”. Había que ser prudente; escuchar y no hablar de más. Todo se decidiría en las horas siguientes.
Un magnífico Rolls Royce plateado apareció en la calzada. Arielle contempló deslumbrada la carrocería, que llevaba un escudo de armas. Cuando se abrió la portezuela esperaba ver salir a una princesa con su corona. Pero sólo bajaron dos muchachas normales. La más alta era bastante bonita.
-¿Quién es ella? – pregunto Arielle
-Nuestra enemiga acérrima – respondió Océane.
-Titania Montjoie de Fontanges –añadió Feodora-. Y el tapón de sidra que esta atrás es su hermanita, Urganda. Un año más joven e igual de pesada.
-Ur… ¿Qué?
-Urganda. Es el nombre de un hada. Igual que Titania, por cierto. Pero el nombre es lo único que recibieron de las hadas al nacer. En todo lo demás fue más bien Cruella la que se inclinó sobre sus cunas.
Titania saludaba a las muchachas de su clan. Arielle no podía dejar de observarla.
¿Ya vieron a Lionne Croix d’Abbans? – dijo Adelaida -. ¡Qué ridícula se ve!
-Lionne es la pelirroja de minifalda – aclaró Feodora.
-Realmente tiene una melena de leona- comentó Arielle.
-Ja- rió sarcásticamente Océane-. Le gusta cultivar un look “salvaje”.
Mahaut de Saint-Charles se paró en la escalinata y dio unas palmadas para que guardaran silencio.
-Bienvenidas, señoritas. Las que ya han estado con nosotras deberán regresar a los cuartos que tenían. Los nombres de las nuevas internas están escritos en las puertas. Las invito a instalarse. A las diez y media todo el mundo tiene que estar en el comedor para conocer sus horarios. No se tolerarán retrasos. ¡Vamos, pues! Y sin empujarse.
Arielle se dejó llevar por el movimiento general hacia el edificio. Con el estorbo de las maletas, pronto quedó separada de Feodora y de las otras dos Advenedizas. No había elevador y la escalera era interminable. Jadeante, Arielle llegó al tercer piso. Buscó su nombre. Tuvo que caminar hasta el fondo del corredor. Empujó una puerta y descubrió una pequeña habitación que le recordaba en todo una celda de convento. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en el batiente. Por lo menos ahora estaba sola. Rompió en llanto. Luego empezó a ordenar sus cosas para no pensar más en su desesperación.
Una de las maestras pasaba lista grupo por grupo. Arielle se las había arreglado para quedar sentada en la misma mesa de Feodora. Se dio cuenta de que los clanes se habían agrupado. Nadie quería sentarse con la italiana. Acabó por sentarse a lado de una asiática que parecía igual de abandonada que ella.
Por fin llego el turno de las de tercer año. Arielle escuchaba con estupefacción la lista de los nombres de sus compañeras. Colombe de Solignac, Pallas de Vaubécourt, Yseut de la Roche-Ségur, Bérénice de Lapras y una tal ¡Flore de Maison-Valdieu! Perdidas en el montón estaban Judith Shapiro, Zelda Cramer y Esther Perlman. Y una Sternberg con un nombre rarísimo: Athalie. La italiana se llamaba Roma Martinelli.
En la mesa de las Advenedizas, Arielle conoció a Rochelle Bataille, Réjane Trévières y Juliana Chambrenay. Ése sería su clan desde ahora en adelante. Es decir, si es que la aceptaban; y era evidente que Océane no estaba a favor de ella.
Arielle se preguntó qué era lo que le exigirían. ¿Había algún rito de paso, una especie de novatada para entrar a su clan? El momento era angustioso pero también muy emocionante.
Les repartieron sus horarios. Las clases no empezarían sino hasta el día siguiente. Les sirvieron su primera comida. Zanahorias ralladas, pollo y compota. La señora De Saint-Charles era muy estricta en cuanto a la alimentación. Océane hizo una broma acerca de Harmonie, la ballena, que seguía una estricta dieta de dulces de crema. La maestra encargada dio un golpe firme al gong. Los cuartos no eran lo único que recordaba a un convento: también había que comer en silencio.
Tanía tiempo libre durante el día a condición de estar a tiempo para la cena y, desde luego, no salirse de las instalaciones de la escuela.
-Síguenos – dijo Feodora en cuanto terminó el almuerzo.
Arielle se sintió aliviada. Por un momento había temido quedarse completamente sola. Las internas se habían dispersado por el parque. Hacía buen tiempo, aún se sentía un poco de calor, y todo el mundo quería aprovecharlo. Los clanes se formaban de acuerdo con los grupos. Sólo hubo una excepción a la regla: Urganda no se reunió con las Aristos de su grupo de cuarto grado. Permanecía a la sombra de su hermana, la todopoderosa Titania.
Feodora actuaba como la jefa del grupo de las Advenedizas. Su autoridad parecía indiscutible.
-Vamos a los lavaderos- dijo-. Las Aristos se apropiaron de las caballerizas y los picaderos. Nuestro territorio será el río.
El tal río no era en realidad más que un hilito de agua que serpenteaba por el bosque. La antigua lavandería tenía la ventaja de contar con un techo. Se sentaron allí sobra la fría piedra.
-¿Y las demás? – Pregunto Arielle-. ¿Adónde van?
- nos importa un comino – respondió Océane-, mientras no se nos acerquen a nosotras.
-¿Votamos? – Propuso Rochelle-. ¿O antes tenemos que hacer preguntas?
-Ya sondeamos la situación – dijo Feodora-, Yo doy mi voto a favor de Arielle.
Las demás levantaron la mano de inmediato. Tras un breve titubeo, Océane las imitó.
-Ya perteneces al grupo- concluyó Feodora.
-Gracias- eh, ¿Eso es todo?
-¡Claro que no! –Exclamó Juliana-. Todavía tienes que pasar…
-¡Shhhh, cállate idiota! – la interrumpió Réjane.
Juliana se llevó la mano a la boca y su rostro enrojeció. Réjane tenía la costumbre de llamarla idiota, así que partía del principio de que siempre metía la pata. Por lo que era normal que la maltratara sin cesar.
-¡Calma!- Exigió Feodora-. No nos saltemos las etapas. Todavía tienes un largo camino por recorrer antes de ser aceptada como miembro del clan, Arielle. Por lo pronto, deber irte.
Tenemos que hablar entre nosotras y no podes asistir a nuestra reunión. Aún no pasas las pruebas.
Arielle se levantó de inmediato. Sabía que era inútil protestar. Sus sospechas eran ciertas: tendrían que pasar por una novatada. Partió hacia el bosque caminando al azar. No lejos del muro divisó un puñado de compañeras de su mismo grupo. Había pocas probabilidades de que la recibieran bien. Se alejó. De ahora en adelante estaría prohibido dirigirse a las otras niñas.
Y, de pronto, todo eso le pareció un absurdo total.
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